Aparte de conducir por la izquierda y medir las distancias en millas, hay cosas que me resultan imposibles de entender de esa Inglaterra que me encanta, a la que admiro, pero que a veces no comprendo.

El fundador de Wikileaks, Julian Assange, va a ser extraditado a Suecia en el seno de un procedimiento cuando menos trufado de sospecha sobre la verosimilitud de las acusaciones que se le formulan y las motivaciones reales de las denuncias y la posterior acción de la justicia sueca.

Con ser escandaloso el caso, todavía cabría mantener la posición de que ya tendrá Assange la posibilidad de demostrar su inocencia sentándose en un banquillo sueco y que, al fin y al cabo, la utilización torticera de la justicia, si realmente la hay, se ha producido en Suecia y es en ese país donde cabe corregirla.

Sin embargo, resulta imposible olvidar los denodados esfuerzos, culminados con éxito para el tirano, que la justicia inglesa desarrolló para proteger al execrable dictador Augusto Pinochet de una demanda interpuesta en España.

Las acusaciones contra Assange despiertan en cualquiera dudas fundadas y razonables, mientras que los crímenes de Pinochet eran de público conocimiento, para escarnio de sus víctimas que asistían impotentes a la glorificación del milico carnicero, amigo por excelencia del gobierno inglés y protegido del mismo.

Por mí, que sigan conduciendo por la izquierda y que midan en millas, pero temo a esa justicia que se conduce por el lado contrario y cuyas medidas no entiendo.