La tienda de Pepito estaba casi al girar la esquina. Antes se encontraban el tostadero de café, la panadería de leña y la pescadería.

La tienda de Pepito tenía dos escalones grandes a la entrada y un mostrador pequeño. O quizás fuera Pepito demasiado grande y desluciera el mostrador.

Pepito hacía las cuentas sobre un papel marrón de estraza, el mismo con que envolvía los embutidos. Cogía el lápiz de la oreja y sumaba veloz. Tan veloz que más de una clienta le obligaba a repetir las cuentas. Nooo, Pepito, que usted se equivoca. Por supuesto, las correcciones posteriores siempre lo eran a la baja, pura casualidad.

Una vez terminada a gusto de Pepito y la clienta la cuenta no siempre había cuartos. Las más de las veces, como al desgaire, se oía un y me lo apunta, que luego arreglamos, que no había llegado la VISA, ni la tarjeta 6000.

Pepito, nunca perdía. Recuerdo un enfado monumental de mi madre. Había pedido un trozo de calabaza. Pepito partió el trozo que, al llegar a la pesa, incorporaba un buen pedazo de calabaza molida. Pepito, no me irá a pesar también el trozo malo. No, lo voy a perder yo. Y pesó lo bueno y lo malo, cobrándolo como bueno todo. Mi madre nunca fue de discutir, y menos en público, y a casa llegó la calabaza con parte buena y parte mala.

Pero hubo un día que Pepito se pasó con su afán de lo que hoy algunos llamarían añadir valor o mejorar los márgenes. No contento con lo que le ganaba al Clipper de naranja convertido en polos, gracias al congelador y algunos palillos, tuvo la idea de fabricar los polos con azafrán, al fin y al cabo, de color naranja y fríos.

La noticia corrió como la pólvora. Algún padre indignado por las diarreas provocadas, acudió a la tienda a arreglar cuentas con Pepito. Estuvo desaparecido un par de días.

Hoy, el hielo con colorante no nos rompe el estómago y los padres, felices, no persiguen tenderos