Engañamos al cura. Claro que, en este caso, fue un engaño piadoso. Le convencimos de que sería adecuado hacer un censo de los chabolistas de la zona de El Rincón, comprobando si las parejas estaban casadas y sus hijos bautizados, aprovechando para interesarnos sobre la asiduidad con que acudían a misa. Don Francisco no se lo pensó dos veces.

Se imprimieron unos tarjetones con el escudo de la parroquia (todavía nadie decía "el logo"), y en una carta de su puño y letra declaraba que mi amigo y yo visitábamos El Rincón por su cuenta, por aquello de la brigada político-social.Armados con las tarjetas del censo, la carta del cura y una ilusión enorme, acompañada de una enorme ingenuidad, nos metimos en una realidad que hasta el momento nos era completamente ajena, totalmente desconocida para nosotros, apenas intuida. Nuestro plan de acción, apenas esbozado, pasaba por conocer a fondo esa realidad extraña, a pesar de ser fronteriza con la nuestra. Conocerla no por pura curiosidad, sino para tratar de intervenir en ella, localizar a los más dispuestos y tratar de organizarlos políticamente.

La realidad nos desbordó: nos faltaba preparación para esa tarea y no teníamos más plan que el afán de hacer algo por ese algo tan indeterminado como la justicia (y más en aquellos años). Pero estoy convencido de que con preparación, con plan, con más compañeros y mejor organizados, también hubiéramos sido desbordados. Era imposible cuadrar en una cartulina el relato de lo que conocimos.

Suelos de tierra y techos de zinc. Niños cuya jornada estaba organizada por las caminatas al grifo de agua potable y el acarreo de las latas en que la recogían. Niñas recién entradas en los diez, los once, los doce, convertidas en madres sustitutas, porque su madre estaba convertida en la única fuente de ingresos de la familia. Cuatro metros cuadrados para seis personas. El padre y la madre encamados, enfermos del pulmón. Los cuatro niños, la mayor sobre los diez años, buscándose la vida y cuidando a sus padres. Junto a esa miseria convivía la de aquellos que no sabían vivir de otra manera, que es una miseria diferente y tal vez más miserable. Alfombras sobre el suelo de tierra. Chabola para el sumbeam, mayor y mejor impermeabilizada que la de la familia.

Pasan los años y aprendemos que, contra lo que pudiera parecer, nuestro pasado no es ni fijo, ni inmutable. Nos recordamos reinterpretándonos. Así, hubo un tiempo en que pensé que ese verano fue un verano robado en mi vida. Que faltó un verano en mi adolescencia. Que me faltó playa y amigos. Que me faltó ocasión para descubrir que las pandillas eran mucho más divertidas con amigas. Que me faltaron cervezas a escondidas y mentiras (piadosas) al llegar a casa. Luego, con el tiempo, aprendí a reconocer quien soy hoy en lo vivido. Y en lo vivido ocupa un lugar especial el verano del 73