Han descubierto en Fukushima mariposas que han sufrido mutaciones por la radiación.

Es tan solo una noticia entre tantas. Es, además, una noticia pequeña comparada con los vaivenes de la prima de riesgo y la montaña rusa del IBEX. Es una noticia tan efímera e inconsistente como lo son las mariposas.

Sé que esta noticia se puede abordar desde la certeza de que es un aviso, de que las mariposas, como cualquier ser vivo cuyo ciclo vital sea medido en cuestión de días, resulta un útil indicador del índice de mutaciones. Su breve ciclo vital permite que aparezcan en un corto periodo de tiempo las consecuencias de cualquier agente mutágeno en varias generaciones.

Pero no. no me interesa al menos hoy esa vertiente “científica” de la noticia, me quedo tan solo con el impacto que me producen las alas torturadas de la mariposa.

Seguro que la radiación habrá afectado también a otros insectos, a gusanos, a artrópodos, a bacterias... qué se yo.

Seguro que calabacines, acelgas, soja, mijo, y sabe dios cuántas plantas más, habrán sufrido también mutaciones más o menos visibles y cualquiera sabe cómo se habrá visto afectado el ganado y las aves de corral, y las salvajes.

Seguro que la radiación llegará afectar probablemente a miles y miles de habitantes de Fukushima y en los próximos años se hablará hasta la extenuación de las consecuencias del accidente nuclear.

Hoy, sin embargo, me quedo tan solo con esa imagen obscena de la belleza pervertida de la mariposa de Fukushima y pienso en la soberbia y la imprudencia que nos ha llevado a liberar al genio atómico de la botella sin saber cómo devolverlo de nuevo a su lugar.