Dice el cazador de elefantes que no es tiempo de quimeras tras la manifestación independentista en Cataluña.

Con independencia de lo que yo piense sobre la posible o imposible independencia de Cataluña, lo cierto es que me provoca una enorme sorpresa la calificación de quimera con respecto a la petición de un sector de la sociedad catalana.

El sustantivo quimera tiene diferentes acepciones. Quimera es el monstruo mitológico de tres cabezas que escupe fuego. Una quimera paleontológica es un fósil extraño e inexplicable, que ha resultado mezcla de varios no tan extraños. Quimera es también, y no tan extraña, la condición por la que un individuo presenta dos ADN diferentes en su cuerpo, debido a la fusión en uno solo de dos cigotos.

Vamos, que me quedo con la duda de si el real cazador se refiere a que Cataluña escupe fuego por tres calenturientas cabezas, si es la mezcla de restos producto de la historia, o si en su interior subyacen dos identidades. Como para pensarlo, pero otro día.

Lo que sí es cierto es que la condición de quimera como sueño imposible, como deseo disparatado, es perfectamente aplicable a esa caduca institución que todavía mantenemos, llamada monarquía.

Se olvida el egregio cazador de que en política manda la voluntad colectiva. Que juró unos Principios Fundamentales del Movimiento que fueron abrogados a pesar de su pretenciosa voluntad de ser inamovibles. Por lo que el mantenimiento de la monarquía o alterar “la indisoluble unidad de España”, es tan solo cuestión de ponerse de acuerdo.

Dicho eso, con mi falta de querencias por fronteras y banderas, si los catalanes y las catalanas deciden marcharse, por mí tan bueno como si deciden lo contrario o no deciden nada.

Lo que sí me preocupa es mantener al frente del estado en el que vivo al resultado de un espermatozoide cuyo único mérito fue llegar el primero al real óvulo que le aguardaba.