Cuando golpeas vestido con el uniforme que entre todos te compramos, nos golpeas a todos. Golpeas la confianza que hemos puesto en ti y el respeto que sentimos por tu trabajo.

Cuando golpeas revestido de la autoridad que hemos puesto en tus manos, dejas de lado lo que te hace humano.

Cuando golpeas parapetado tras tu placa exhibes una cobardía inmensa tras la actitud chulesca que te da el conocimiento de tu fuerza y la falsa valentía del que se cree impune.

Soy hijo de otros años. Viví en una época gris en la que tú hubieras vestido de gris. Me costó olvidarla. Me costó reconocerme en himnos y banderas que los grises de la época me enseñaron a no sentir como míos. No te perdono que, por un momento, haya sentido desbordarse en mí, de nuevo, esos sentimientos.

No puedo perdonarte, no hay manera de justificar los golpes que has dado. No puedo perdonarte por la rabia y la impotencia que me has hecho sentir, por el recuerdo de esos años grises.

No te perdono que me hayas obligado a pensar que tu violencia justificaría una respuesta violenta. No te perdono que me obligues a soñar con adoquines en mis manos y a imaginar su vuelo y el impacto contra tu escudo o contra tu casco.

Eres un traidor al dar la espalda a tu obligación de protegernos, abusando de tu condición de autoridad y la fuerza que te hemos entregado. Eres un cobarde, actuando en manada, protegido por tu placa. Eres un sádico que golpea tan solo por golpear, para satisfacer tu rabia. No mereces ni el sueldo, ni el uniforme, ni las armas, ni la placa. Tú mismo como bestia te has dibujado.