La por ahora última petición de un impuesto especial, que afecte a quienes menos han sufrido la crisis, proviene de un grupo francés de grandes fortunas. Este grupo ha publicado una carta en Le Nouvel Observateur, que comienza con la siguiente declaración: "Nosotros, presidentes y directivos de empresas, hombres y mujeres de negocios, financieros, profesionales o ricos, pedimos la instauración de una contribución especial que afectará a los contribuyentes franceses más favorecidos".

No. No se trata de que de repente se hayan pasado con armas y bagajes a la socialdemocracia. Tampoco de una repentina conversión a alguna secta que les obligue a repartir sus bienes. Se trata de actualizar el precioso lema que impulsó la Revolución Francesa: libertad, igualdad, fraternidad... e inteligencia.

Según afirman los millonarios en su carta: "Somos conscientes de que nos hemos beneficiado plenamente de un modelo francés y de un entorno europeo con los que estamos comprometidos y que queremos ayudar a preservar", y es ahí donde está la clave. El actual modelo, ahora en crisis, tiene la redistribución vía impuestos como elemento fundamental. Esta redistribución no sólo es imprescindible por la más elemental justicia social. Es, además, indispensable si se quiere evitar la quiebra del sistema.

Como dicen los privilegiados firmantes de la carta, es el denostado estado del bienestar el que permite que sus empresas facturen y funcionen de manera que ellos puedan seguir siendo eso, privilegiados.

Por eso sorprende la negativa a ultranza de los neoliberales (incluido el Partido Popular), a los reajustes impositivos. Algo en lo que los socialdemócratas hemos caído en demasiadas ocasiones.

Precisamente ahora, que las exigencias del “mercado” llevan a sacralizar la reducción del déficit público, e incluso a constitucionalizar su limitación, hay que recordar que el presupuesto público tiene dos patas a equilibrar: el gasto, que se quiere reducir, y los ingresos, que pueden y deben subirse vía aumento de la presión fiscal.

Subámosle los impuestos a nuestros ricos, a nuestros privilegiados. Aunque no tengan la inteligencia de los franceses, nos lo terminarán agradeciendo.