Vaya por delante mi rendida admiración por Steve Jobs y la iConstellation poblada por Ipods, iMacs, iPhones e iTablets, auténticos iconos de la iModernidad. Quede pues sentado y fuera de discusión mi reconocimiento a uno de los gurúes por antonomasia de la era digital.

La figura de Jobs se yergue de manera tan destacada que la evolución de su salud tiene repercusión inmediata sobre la cotización de las acciones de Apple. El mercado reconoce en él no sólo a un excelente gestor del gobierno corporativo de Apple, sino al auténtico impulsor de ese espíritu que coloca a Apple siempre un paso por delante de sus más inmediatos competidores. En ese sentido, Apple va más allá de satisfacer las necesidades de su público, previamente las crea.

Dentro de la filosofía Apple destaca un aspecto fundamental, que dota aún de más valor a la compañía, y es el enfoque como ecosistema cerrado del mundo Apple. Sistemas operativos y máquinas van de la mano en perfecta simbiosis, dejando en estrecho marco a los desarrolladores independientes que pueden moverse en el entorno restringido que les marca la firma de la manzana.

Como anécdota que refleja hasta que punto puede llegar ese control asfixiante, Apple ha llegado a imponer no ya decisiones tecnológicas, sino incluso morales, al denegar la venta en su AppStore de aplicaciones consideradas inmorales, según el estándar estadounidense.

Esa situación aparentemente idílica en el que una compañía mantiene cautivo (y satisfecho) a un importante sector de consumidores potenciales de gadgets tecnológicos tiene, sin embargo, un talón de aquiles: su propia concepción como sistema cerrado, que terminará por agotar la capacidad de innovar.

Mantener la tasa de crecimiento que le ha llevado a ser la segunda compañía en valor bursátil, solo por detrás de la petrolera Exxon, dependerá de la capacidad de seguir seduciendo a su público con nuevos desarrollos. Pero no es lo mismo colocar en el mercado la sorpresa del iPhone 1,2,3 y 4, mantener expectante a su público mientras se anuncia el 5, que seguir tirando en unos años con el 27 o 44. 

A cada nuevo lanzamiento resulta más difícil mantener la cuota de mercado pues, superada la novedad que representa cada nuevo i-algo versión x, toca vencer la competencia de otros fabricantes que, reconozcámoslo así, se basan en el concepto que ha podido lanzar Jobs, para competir con costos menores e, incluso, con mayores prestaciones.

Existe vida fuera de Apple. Siempre ha sido así, pero ahora con un condicionante diferente. Si antes la competencia de Apple tiraba de Symbian, WindowsMobile, WebOS, PalmOS, BlackberryOS, con el consiguiente costo en licencias e innovación, y la fragmentación de plataformas, hoy se impone el software libre como alternativa, organizada además en torno a una plataforma casi única: Android.

Una plataforma que, por su propia concepción, impide una dirección centralizada y exclusiva,  y que permance abierta a los desarrolladores sin más restricciones que el conocimiento de la misma, disponible para cualquier fabricante sin el pago de licencias y capaz de soportar un ecosistema de aplicaciones virtualmente infinito, independiente además de cualquier diseño de hardware.

La situación queda perfectamente retratada en un pequeño ensayo de Eric S. Raymond, La catedral y el bazar. Jobs, al igual que Gates, ha edificado una catedral: grandiosa, impresionante... pero las catedrales tuvieron su tiempo. El bazar no jerarquizado, de formas orgánicas y autoorganizado es, desde el punto de vista evolutivo, más eficiente para adaptarse a los cambios. Es, en resumen, el futuro.

Jobs ha sido, por ahora, el último visionario capaz de construir catedrales. El futuro, sin embargo, está en manos de los Stallman, los Torvalds o los Icaza. Los arquitectos, mucho más humildes, del enorme bazar en que se está convirtiendo no solo la red, sino el propio conocimiento en toda su extensión.

Por supuesto, sigo manteniendo intacta mi admiración por la figura irrepetible de Steve Jobs. Eso queda fuera de toda duda.