Esa era la respuesta de la abuela de Margarita, heredada por ella, cada vez que escuchaba a alguien pedir algo que le parecía exagerado o inadecuado: “tú lo que quieres es pan, plátanos y perras pal cine”. Una variante, con mucho más color local, de aquella terrible decisión “cañones o mantequilla”, pero con el mismo mensaje: no hay dinero para todo lo que se desea.

Pareciera que esa es la disyuntiva actual. No hay dinero para todo, por tanto tenemos que recortar. Sin embargo, siendo cierto el primer enunciado, el de no hay dinero para todo, pude y debe ponerse en tela de juicio la conclusión automática o, al menos, descartar a priori ese automatismo, esa inevitabilidad.

Porque esa formulación lineal, no hay dinero no puede haber gasto, obvia una proposición previa o, al menos, simultánea: no hay dinero, hay que buscar dinero.

Y vaya si se ha buscado. Pero tan solo se ha buscado en el endeudamiento, con el costo que conlleva y con el riesgo (cierto) de quedar en manos de “los mercados” que deciden a que precio prestan, tras elevar artificialmente la desconfianza para justificar subidas exorbitantes.

Sin embargo, la principal fuente de ingresos, con la que además se terminará pagando lo que se ha pedido prestado, es la de los impuestos y en ese sentido, salvo la discutidísima subida del IVA, los últimos años no solo no han visto ninguna subida de los mismos, sino un auténtico desmantelamiento de los impuestos directos.

Pero esa bajada de la presión fiscal no es responsabilidad exclusiva de los sucesivos gobiernos que han ido bajando el importe del IRPF, o aumentando las deducciones, o eliminando el impuesto de patrimonio, o bonificando cuando no haciendo desaparecer el de sucesiones.

La disminución de la presión fiscal es consecuencia directa de la idea generalizada de que los impuestos son malos. Se habla de la posibilidad de subir un impuesto y la respuesta instantánea es acusar al estado de afán confiscatorio, de voracidad fiscal. No suba usted los impuestos, gestione mejor. Y sí, hay que gestionar mejor, pero también hay que corresponsabilizar, en la medida de la capacidad de cada uno, a todos del mantenimiento de eso que hemos dado en llamar estado de bienestar.

Y mientras bajábamos los impuestos, subíamos las prestaciones. Una paradoja que nos ha llevado a ser uno de los países desarrollados con menor presión fiscal y, por ejemplo, mantener una sanidad modélica envidia de cualquier país de nuestro entorno.

Toca ahora volver a reflexionar sobre el restablecimiento de una recaudación fiscal adecuada, toca construir un estado de opinión favorable a la corresponsabilidad de todos en el sostenimiento del sistema. No podemos seguir aspirando a tener servicios de primera pagando impuestos de tercera.

Mientras entró dinero a raudales en las arcas públicas, en los balances de las empresas y en las economías familiares, como consecuencia de la hipertrofia del sector de la construcción, permaneció oculta la realidad: estábamos gastando en pan, en plátanos y en el cine, sin preocuparnos de dónde iban a salir las perras.