Es posible que la izquierda pierda batallas en la guerra ideológica que mantiene con la derecha, por no saber manejar de manera adecuada los nombres de las cosas y un caso paradigmático podría ser el del “estado de bienestar”.

Es éste uno de los conceptos nucleares de la actual socialdemocracia, que ha hecho de su extensión y defensa una de las señas de identidad de la izquierda, frente al acoso de la derecha que insiste en su desmantelamiento.

Una razón no menor, a mi juicio, de la cierta facilidad que la derecha está encontrando en sus recortes al mismo, más allá del recurso a los recortes impuestos por la necesaria estabilidad presupuestaria, es la propia denominación del concepto: estado de bienestar.

De bienestar a confort la distancia es mínima. Tal vez por eso es tan sencillo entre aquellos que se han visto convertidos en clases medias, tras lustros de socialdemocracia, abdicar del esfuerzo por mantenerlo.

Pareciera casi como si el estado de bienestar deviniera una especie de estado providencia que hace que vivan de manera confortable aquellos que no han hecho méritos para ganar por si mismos ese confort. ¡Y además con mis impuestos!

(Es esa una tentación recurrente. Se remodela o inaugura una instalación penitenciaria y ya se está hablando de la biblioteca, la sala de televisión o el gimnasio de los presos: “así vale la pena estar en la cárcel”, es el socorrido comentario, sin pensar en que la condena es a privación de libertad, no a ser encerrado en condiciones que por sí mismas constituyan un castigo).

Así, el éxito obtenido por la derecha ha sido el crear la percepción del estado de bienestar como una especie de empeño loable, un ejercicio de buenismo, imposible de mantener en el tiempo, a pesar de las buenas intenciones.

Utilizando la metodología magistralmente descrita por Hirschman en su Retóricas de la intransigencia, la derecha se ha afanado en demostrarnos la futilidad de las políticas sociales (no corrigen nada), sus efectos perversos (crean vagos) y el factor de riesgo que comportan (ponen en peligro la reactivación económica).

Una vieja batalla, comenzada desde que Inglaterra alumbrara las primeras Leyes de pobres, que continúa viva y de sangrante actualidad al día de hoy.

Tal vez porque desde la izquierda no hemos sabido utilizar el nombre adecuado. Tal vez porque seguimos llamando estado de bienestar a algo que debiera tener un nombre mucho más ajustado a su esencia: estado de la mínima e imprescindible justicia social.