El olvido de las víctimas sería su segunda muerte. Llegada la hora de la celebración, su ausencia ha de ser insoportable para sus deudos, a quienes solo les quedan los recuerdos. Por eso, recordarles se convierte para nosotros en una obligación sagrada.

Porque las víctimas no son tan solo quienes recibieron el tiro, o a quienes destrozó una bomba. Víctimas son las familias que quedaron rotas, las amistades truncadas, los vecinos conmovidos, la sociedad atemorizada.

Ahora que no hay que mirar debajo del coche, que los retrovisores quedan tan solo para controlar el tráfico, que los paquetes olvidados son tan solo eso y no una amenaza siniestra, junto a la sonrisa de la libertad recuperada aflora la tristeza y la rabia del precio pagado en muertes, en dolor, en miedo.

Es imposible pensar volver a la normalidad como si nada hubiera pasado; Tan imposible como negarnos a abrir una nueva etapa por el peso del recuerdo. Vivir la nueva realidad, tras el fin de la violencia, soportando las heridas que han dejado cincuenta años de barbarie no será posible sin el recuerdo sereno, sin la memoria sosegada.

Sorprende por eso tanto, la cerrazón de algunos frente a una ley como la de la Memoria Histórica, que pretende que no pretende más que el recuerdo sereno, con el enterramiento digno como un paso indispensable para cerrar las heridas que algunos pretendieron cerrar en falso.

Ojalá seamos capaces de estar a la altura de las circunstancias, ojalá aprendamos que el recuerdo, la memoria, no tienen porque ser contra nadie, sino a favor de las víctimas y sus deudos.