La vio marcharse. Aunque tal vez realmente la vio terminar de marcharse, porque había comenzado a marcharse mucho antes.

Comenzó a irse en los silencios inexplicables, en la mirada huidiza, en la sonrisa inmovilizada en su cara.

Comenzó a irse en la ausencia de los te quiero, en la falta de los buenas noches mi amor.

Comenzó a irse en los orgasmos fríos.

La vio marcharse y, a pesar de que fuera tan solo terminar de marcharse, le dolió en el alma su adiós.