No es la cadera, es el rey el que se ha roto, y con él esa esquizofrenia compartida que nos llevaba a sentirnos un país de republicanos juancarlistas.

El ciudadano Juan Carlos ha prestado el último "servicio" a su país: liberarnos del permanente chantaje emocional al que nos sometía su figura, parapetada tras el recuerdo de una noche de febrero en la que nos empeñamos en creer en que su apuesta por la democracia evitó el golpe de los espadones.

A los Manuel Prado y Colón de Carvajal y los Dimitri Tchocotua, a las sospechas/certezas de sus escapadas en moto de la escolta, al choriceo por fascículos del yerno modélico, al disparo inexplicable de un niño de 13 años entrenando para aristócrata, se le suma la indecencia de una excursión de millonario, de un privilegiado con derecho a gastar centenares de miles de euros en abatir a un elefante. Insoportable el gasto realizado e insoportable el gesto.

Se ha roto Juan Carlos. Se ha roto el rey. Se ha roto la esperanza de que transfiriera a su heredero la legitimidad personal que le habíamos concedido.

No será ni hoy ni mañana, pero cada día está más cerca el fin de una monarquía rota.