El CGPJ le ha dado una salida digna a Dívar, dicen. Una salida digna que necesitaba, porque las indignidades cometidas le fuerzan a irse. Por eso, porque tiene que irse, le dejan quedarse hasta el jueves para que presida los fastos del bicentenario del Supremo.

Gracias a esa dimision por fases, la presencia del indigno Dívar contaminará (más) la celebración de los doscientos años de existencia del alto tribunal.

Indigna esa salida pretendidamente digna, que pretende salvaguardar la dignidad de alguien que ya la ha perdido, o mejor aún, la ha dilapidado, la ha tratado a patadas, a costa del poquito prestigio que le queda a la institución que preside.

Indigna ese indisimulado doble rasero que permite a sus señorías expulsar a un juez digno como Garzón, al tiempo que pretenden inutilmente salvar la dignidad de Dívar. Y lo hacen sin despeinarse, sin que se les arrugue la toga y se deshilachen sus puñetas, borrachos del monopolio de la justicia que se atribuyen.

La pena es que falta Juan Carlos, que se va de duelo a Arabia Saudí. Hubiera sido el colmo fotografiar juntos al cazador cazado y al juez pillado.