Acabo de terminarlo. O tal vez debiera decir que ahora lo empiezo aunque lo cierre. Tal vez tenga que tratar de desleerlo para realmente terminarlo, si es que terminarlo se puede.

He compartido unas horas con el Millás más íntimo. He sufrido sus miedos y compartido sus dudas y esa perplejidad permanente con que relata.

He disfrutado de su manera de construir las frases. Desnudas. Podadas de todo artificio. 

Me he asombrado, una vez más, de la maestría con que dibuja curvas que se retuercen sobre si mismas utilizando tan solo líneas rectas. 

Las farolas de gas, el frío permanente, la calle que brilla cuando la contempla desde el sótano de El Vitaminas. Sus amores frustrados con María José y con Luz. La visita al barrio de los muertos. Su llanto bajo la lluvia huyendo de la academia. El viaje hasta Valencia con las cenizas de sus padres... escenas descarnadas, duras, pero dotadas al tiempo de una extraña ternura.