Llego a casa bajo el influjo de La huida al paraíso, zarandeado por el vaivén constante entre épocas y el contraste entre el color y el blanco y negro.  

Me siento a escribir tal vez para mantener viva la magia del momento, y resuenan en mis oídos las palabras de su mujer y su hija, de sus amigos y, sobre todo, el eco de una voz maravillosa, la de Iñaki Gabilondo recitando la prosa descarnada de Aldecoa.

Pienso en cómo este puñado de lava ha sido capaz de atrapar a Aldecoa, a Saramago y de parir a alguien como César.

Otros territorios, otras gentes, no han tenido la suerte inmensa, el privilegio, de haber sido mirados, de haber sido contados como nosotros lo hemos sido, de poder enfrentarnos a nuestro relato.

En cierta medida me asusta pensar que somos herederos menores de gigantes y llego a dudar de que estemos a la altura requerida para custodiar su legado.