Las cavernas

Debió ser uno de los niños el que descubrió las cavernas. Fueron ellos, los niños, los que, de manera inmediata, hicieron suyo el nuevo entorno. Jugaban entre los árboles e, incluso, se adentraban en ese nuevo mar, sin olas ni mareas, que nos rodeaba.

Mientras los adultos vagábamos sin un propósito definido, bajo la lluvia mansa e incesante, ellos correteaban e inventaban nuevos juegos, o adaptaban a la nueva realidad los que nos han acompañado desde siempre. Atraparse y no dejarse atrapar, esconderse de la búsqueda de otro, simular una lucha por la posesión de un árbol, imaginar castillos y princesas...Debió ser en una de esas correrías cuando alguno de ellos descubrió las cavernas.

El éxodo

Perdimos la cuenta de los días que caminamos. El transcurso del tiempo lo marcaba el ritmo de los pasos sobre el barro. Un barro eterno y omnipresente. La tierra se mostraba incapaz de absorber ni una sola gota de agua más.

Seguía lloviendo. Seguíamos caminando. Ganando por un margen cada vez más estrecho a la subida de las aguas. Mar, río, arroyo, torrente, barranco... palabras, denominaciones, conceptos que, día a día, perdían su sentido, confundidas y sin límites entre ellos. Agua. Agua y barro. Una lluvia mansa, pero incesante, que, a pesar de su tamborilear constante, no lograba acallar el silencio del viento ausente.

El año de la lluvia

Comenzó a llover mansamente, pero sin tregua. Gota a gota y día tras día, sin parar. Como si el cielo se hubiera roto.

La primera sensación fue de alivio. Las mariposas fueron cayendo a centenares, a miles y a millones, convirtiendo el suelo en la paleta delirante de un Van Gogh que, sin limpiarla, no hubiera parado de pintar en cientos de años.

Las calles, convertidas en arroyos, en torrentes, en ríos, arrastraban los últimos restos de la polícroma amenaza, que nos había mantenido encerrados desde un tiempo que ya no recordábamos.

Mariposas

Comenzaron a llegar poco a poco. Los niños corrían tras ellas, asombrados de su enorme variedad, de la riqueza de sus colores y formas.

Sonreíamos mientras les veíamos perseguirlas, perdidos en una nube de colores, sus gritos confundidos con el zumbido del suave batir de miles de pequeñas alas.

Poco a poco, los árboles, la hierba, los coches y hasta las casas, fueron convirtiéndose en un mosaico de colores, que parecía latir con un incesante aleteo.