Lugares

Un salto de nada y, casi en un instante, acabo de llegar a Guatiza desde Madrid.

Saltamos de un lugar a otro, los atravesamos. ¿De qué manera, sin embargo, nos atraviesan a nosotros los lugares?

Pensarlo, me obliga a acordarme del pasado fin de semana. Celebramos el comité regional en el auditorio Alfredo Kraus, en Guanarteme. El auditorio, el centro comercial, la avenida… esconden, sin llegar a sepultarlos, los recuerdos de mis años en Guanarteme.

La llegada

Bajo del avión y no sé cómo colocar el abrigo. Solo sentirlo plegado sobre mi brazo me produce una enorme sensación de agobio. Camiseta, jersey de lana y chaqueta de invierno… apropiado para Madrid pero casi estúpido para desembarcar en Lanzarote.

Arrastro mi maleta con ruedas por todo el aparcamiento de la T1, que para poder llegar a tiempo a Madrid fui por Tenerife, así que a recoger el coche al aparcamiento de la T2. Camino en medio de turistas que no han aguantado más la ropa de abrigo y que, más previsores, traían bajo sus abrigos las camisetas de tiros.

El vuelo

Hoy el vuelo, al menos su inicio, ha sido diferente. Por canario, por trabajo, sobrevolar la Península hace años que dejó de ser una novedad. Pido ventana por dormir más cómodo, apoyando mi cabeza en el hueco en el que se aloja el cristal y, me imagino, que por la pura costumbre, que llegar con tiempo y pillar ventana ya viene siendo una especie de victoria para empezar.

Pido ventana y es raro que a los cinco minutos no esté durmiendo, pero hoy no fue así. Hoy, gracias a la tormenta de ayer, un manto blanco se desplegó bajo nuestro vuelo durante algo más de quince minutos.

La Cuesta de Moyano

No sé como puede existir todavía. Me parece imposible esa imagen de casetas de madera, en pleno centro de Madrid, en una zona que se adivina carísima, dedicadas a la venta de libros viejos, cuando ya casi ni los nuevos se venden.

Me encantó la pinta de los vendedores y lamenté haber ido con poco tiempo. Las caras de alguno, y la amabilidad con que te decían lo siento, no tengo nada de Mastreta, o no, no tengo No existe soledad como la mía, invitaban al rato de charla.

Y los compradores. Los compradores invitaban como mínimo a mirarlos. En su mayor parte caras proletarias (sí, proletarios, una palabra hermosa que se ha caído de nuestro lenguaje por un extraño pudor ideológico).

Caras que invitan a pensar que la redención puede que empiece en las revoluciones de Túnez, de Egipto o de Libia, pero solo pueden continuar a través de la cultura.

Deprisa, sin tiempo, qué pecado, al metro. A ese metro que también me encanta, que me gusta de una forma distinta. Tal vez por la mezcla de caras, de ropas, de gentes. Tal vez porque en medio de su modernidad siempre aparece un desconchado, un charco de agua filtrada, un pasillo en reparaciones, que me obliga a pensar en un mundo madmax. Metro y post holocausto forman una asociación imposible de separar.

Y ya, por fin, en Barajas. Esa gigantesca estación, esa burbuja que se abre entre la tierra y el cielo.