San Juan del olvido

Alimentaron la hoguera con sus muebles, con sus libros, con sus ropas. Bailaron toda la noche, alrededor del fuego, quemando uno por uno sus recuerdos.

El alba los sorprendió desnudos, rendidos al sueño, dormidos de cualquier forma en los bancos, entre los árboles, caídos en el suelo de la plaza.

Se despertaron sonrientes, sin el peso de los recuerdos. Como cada año, tuvieron que comenzar por ponerse nombres y aprender, de nuevo, los nombres de las cosas.

San Juan

La hoguera alzaba sus llamas tejiendo en la plaza un tapiz de sombras cambiantes, dibujando ángulos y perfiles imposibles en las caras, en los árboles, en las casas.

Ramón sentía el calor mientras, poco a poco, se aproximaba. Acunaba en sus brazos las fotos, las cartas y las pocas piezas de ropa que Carmela dejó atrás, como apenas un eco de las voces y las risas con que había llenado la casa.

Canela (otro)

Todos soportaban el mal carácter del viudo Roque. Su drama fue, en gran medida, el drama de todos pues en un pueblo tan pequeño resulta casi imposible separar los dolores propios de los ajenos o distinguir las felicidades de los demás de las de uno. Cuarenta años después, todavía formaba parte del presente esa mañana, en la que despertaron sin que se encontraran entre ellos ni Violeta, por aquellos tiempos casi una recién casada, ni Don Alfonso, el joven cura que no hacía un año había llegado al pueblo.

Canela

Canela tiene una sonrisa dulce y unos ojos grandes. Una sonrisa que se derrama incontenible, una sonrisa que regala generosa. Unos ojos que envuelven a quien mira, unos ojos que atrapan.

Canela tiene también una cintura estrecha, unas caderas anchas, un busto desafiante y unas piernas torneadas. Pero la sonrisa y los ojos de Canela están a la vista de todos, mientras que el resto de su anatomía parecen solo percibirlo tan solo los hombres en celo y las mujeres celosas. Para los niños, para la gente en paz consigo misma, Canela es tan solo sonrisa y ojos.