Don Sindo

El carguero permanece unido al muelle. Se ha hecho parte de él hasta el punto en que los cabos, más que sujetarlo, parecen aferrarse a la borda para no caer al agua. Las olas no llegan a golpear contra el oxidado casco. Se limitan a dejarse arrastrar contra él para, sin fuerzas, dejarse caer de nuevo, con un chapoteo sordo y sin ecos.

Hoy no pongo la lavadora

Apartó la manta de una patada, con asco, y se dirigió hacia el baño mientras se arrancaba el pijama. Había vuelto a suceder. Una vez más, sus esfínteres habían cedido.

Se duchó frotándose furiosamente, como si quisiera arrancarse la piel, más que eliminar el rastro de su orina, de sus heces, sintiendo como al asco se le sumaba la rabia, la impotencia. Algo más de un año de amaneceres empapados, no habían logrado que se acostumbrara a esa nueva debilidad.

El día del dolor

El sordo bramido de los cuernos invadía las cuevas, recordando una tempestad lejana. Sobre ese fondo, las flautas entretejían su melodía. Lentas, melancólicas, sus notas iniciaban una sencilla escala que parecían dejar en suspenso, creando por un instante la ilusión de una ausencia profunda, imposible de llenar. Miles de velas dibujaban un encaje de luz y sombras.

Deportación

Las puertas del avión se cerraron con apenas un leve chasquido que le sonó como un pistoletazo. Tomó consciencia en ese momento de lo irreversible del viaje y sus lágrimas se derramaron.

Dos ríos de plata sobre su negra cara. Dos ríos salados que le recordaron la sal que encachazaba su piel durante los cuatro días de travesía. El sabor a sal en sus labios, el escozor de la sal en sus ojos. La sal pegada a su ropa, la sal metida en su pelo.