La memoria de piedra

El sol golpeaba su cuerpo desnudo. Notaba cada veta, cada resalte, cada grano de la piedra marcarse en su espalda y sabía que no debía ser así.

Debía abandonarse, debía fundirse con la laja de basalto, debía hacerse uno con ella, dejar que su conciencia penetrara en la roca, abandonando todo pensamiento propio, toda sensación.

Las frases del rito de iniciación zumbaban en sus oídos. La piedra tiene memoria, la piedra guarda el recuerdo de lo que fuimos, la piedra sabe quienes somos. La piedra nunca cambia, la piedra nunca engaña.

El Gran Hotel

Se alzaba solitario como un costillar descarnado, como una jaula vacía, como los restos de un gigante en su día poderoso. Cables, tubos, cristales, habían sido arrancados de manera metódica, sin dejar ni el más mínimo resto, para ser incorporados a los centenares de chozas que se arracimaban en su base.

El calor es líquido

El calor es líquido.

El silencio acogió las palabras del viejo, en medio del trajín rutinario alrededor de la hoguera.

Ese último momento, el de prepararse para la etapa nocturna, era el más duro. Los músculos protestaban, todavía anquilosados después del inquieto dormitar en que habían estado sumidos a lo largo del día. A la pereza propia del despertar, se sumaba el agotamiento de haber respirado, durante todo el sueño, un aire seco y caliente que, caída la noche, se volvía apenas algo más fresco y húmedo.

El fin de la historia

No siempre fue así. Hubo una época en que las experiencias eran reales. Buenas o malas, eran reales, hasta que la aparición de los inducortex transformó por completo el sentido de la realidad.

Siempre se había pensado en la realidad virtual como un complejo entramado de complicados programas asociados a un costosísimo equipamiento para interactuar: cascos de inducción neuronal y trajes sensitivos. Reducir toda esa parafernalia a un pequeño chip subcutáneo significó toda una revolución.

Las Crónicas de Cram

Mi nombre es Cram. En la lengua antigua, la que utilizo para estas crónicas, significa “el que cojea”, pues tras años incontables en las cavernas, nuestros nombres dicen quienes somos, o cómo somos, por lo que, incluso, cambian a lo largo de nuestras vidas.

Antes que mi pierna derecha se rompiera, fui Whort, El que Escribe. Dice mucho de cómo se ha perdido entre nosotros el arte de la escritura que sea más El que Cojea que El que Escribe. Pero estoy siendo injusto con mi gente, tal vez en un exceso de amargura incontrolada. Si no fuera por la importancia que los míos dan a estas Crónicas, sería imposible para mí el dedicar la mayor parte del día a escribir, mientras el resto de mi pueblo se vuelca en garantizar nuestra magra subsistencia.